Verde, todo era verde
por donde quicieras mirar
solo eso veías.
Solo por excepción de algunas flores
blancas, rosas o amarillas.
Grandes piscinas vacías
llenaban la parte trasera
y, en el final,
caminando por un largo túnel
pasando por una puerta blanca
llegabas a una encrucijada.
Ya tomada la decisión
todo camino terminaba en un mismo final
una larga pileta de aguas cristalinas
te esperaba allí
con sus tibios brazos y suaves rozes.
Volviendo por uno de los tantos senderos
te encontrabas con unas pequeñas cabañas canadienses
de paredes blancas y puertas negras.
Allí, abriéndola, en la cama de arriba
dormí yo...
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