Me levanté por la mañana, el sol brillaba.
Recostándome en un cómodo asiento, me dirigí hacia un lugar con clima siempre cálido, de distintos relieves en los cuales la presencia o ausencia de agua va dando lugar a distintos paisajes. Paré en un complejo funerario que se encontraba sobre un gran desierto de arena, con pirámides detrás, sin contar a la bella Esfinge, conocida como el “padre del terror” y considerada por los habitantes del lugar como el guardián de las pirámides.
Luego deslizándome por aquí y allí, hice varias paradas. Estuve en un magnífico Coliseo; caí en “la ciudad luz” por la Torre esplendorosa, en un gigante Museo, en una hermosa Catedral; repté por una alta y puntiaguda torre, y por un bello templo en las alturas.
Zambulléndome por lugares lejanos, comí el mejor arroz de todos mis tiempos; paseé por maravillosos templos budistas; analicé el gran desarrollo industrial de un pequeño país.
Estuve en una antigua colonia penal, el entretenimiento y la cultura se destacaban y como ejemplo de ello había un enorme teatro con su audaz silueta.
Viajé luego a un lugar de gran urbanización, allí se encontraba un edificio de cientos de pisos con una altura gigantesca conteniendo sobre si mismo una cúpula que iluminaba con distintos colores según la época del año.
Me dirigí a una ciudad donde los muertos reviven con la sola magia de representarlos, y luego me hallé en un carnaval de hermosas comparsas, coloridos ropajes y con ello los acompañaban alegres cantos y bailes.
Miré al cielo y ya era de noche; me saqué los anteojos y los puse en su correspondiente estuche y para terminar cerré mi libro que tanto me había hecho viajar en mi imaginación.
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